*Bernardo Rodríguez es artesano, gestor cultural, guía de turistas, maestro y, sobre todo, un hombre que emprendió un largo viaje de regreso a sus orígenes para redescubrir el valor del barro en la comunidad de La Trinidad Texneyecac.
Beto Pérez
Ixtacuixtla, Tlax. – Su historia no sigue la ruta romántica del heredero que abraza su destino desde la cuna. Al contrario, comienza con un rechazo frontal.
La alfarería, el oficio que impregnó su infancia, era un trabajo arduo y demandante. “De joven decía ‘yo termino mi escuela y me largo de aquí. No quiero ser alfarero”, recuerda con honestidad.
Para entender esa negación, recurre a una frase lapidaria de su padre, una que resume la dureza del oficio: “Para ser alfarero hay que tener mucha necesidad, mucho amor al trabajo”. En su juventud, la necesidad no era un motor, sino un ancla.
El destino, sin embargo, tenía otros planes. La vida lo llevó por caminos que, en lugar de alejarlo, lo prepararon para volver. Estudió materiales cerámicos, aprendió nuevas técnicas y, a los 33 años, algo cambió.
“Me nació ya el amor”, dice, marcando el momento exacto de su conversión. El detonante final llegó durante sus primeras exposiciones, una revelación que lo sacudió profundamente: “Me doy cuenta que el extranjero sabe más de nuestra cultura que nosotros mismos”.
La indiferencia juvenil se transformó en una misión urgente. Vio con claridad una tragedia silenciosa: “Las alfarerías de nuestros sitios se están perdiendo porque no se comparte. Los abuelos desafortunadamente se fueron con sus conocimientos”.
Pero para Bernardo, este secretismo no es una simple costumbre, sino la cicatriz de una herida histórica. Él rastrea este quiebre hasta la Conquista, un evento que desmanteló una pedagogía comunitaria ancestral.
Antes de la llegada de los españoles, explica, el conocimiento no era una propiedad celosamente guardada, sino un bien común.
“En la época prehispánica todo era para compartir”, comenta, refiriéndose a una forma de pensar individualista que no existía antes, donde el saber se transmitía abiertamente.
La Conquista introdujo una lógica de competencia y supervivencia que fracturó esa red de aprendizaje colectivo, forzando a los artesanos a proteger sus técnicas como si fueran secretos de estado.
Como resultado, la historia del oficio se volvió oral, fragmentaria, transmitida en susurros dentro de los confines de la familia. El gran salón de clases de la comunidad se redujo a pequeños talleres donde el conocimiento se dosificaba.
Esta ruptura histórica explica por qué Bernardo tuvo que convertirse en su propio maestro. Su educación fue un mosaico de sabiduría recolectada: “Me dan como pequeños tips, llegaba otro tip y eso lo fui como sumando, sumando, sumando”. Cada consejo era una pieza rescatada de ese antiguo conocimiento disperso.
Armado con esta pasión reencontrada y una misión clara, Bernardo decidió romper ese ciclo de secretismo y restaurar, a su manera, esa pedagogía perdida. Se convirtió en un maestro que “siembra la semillita de la artesanía”.
Esta misión lo llevó a convertirse en un agente cultural activo en su pueblo. Gestionó ante la Secretaría de Cultura la creación de murales comunitarios y unas letras monumentales hechas en barro, intervenciones que buscan darle una nueva identidad visual a su comunidad, anclada en su oficio principal. No se trata de decoración, sino de una declaración: el barro está vivo y es el pilar de este lugar.
En sus talleres, la gente no solo aprende una técnica; se reconecta con algo fundamental. Habla de los cuatro elementos —tierra, agua, aire y fuego—, indispensables para crear una pieza de barro y también para la vida misma. El simple acto de amasar la arcilla, explica, tiene beneficios terapéuticos, un antídoto contra la desconexión de un mundo digital.
Mirando al futuro, Bernardo es a la vez realista y esperanzado. Reconoce las amenazas: los oficios son cansados, mal pagados, y muchos jóvenes prefieren la seguridad de una fábrica. Sin embargo, su esperanza es una invitación a la acción.
Su deseo es triple: que la gente aprenda a valorar el trabajo, que las nuevas generaciones no olviden sus raíces y, fundamentalmente, conservar el oficio a través de la documentación.
Bernardo Rodríguez ya no es aquel joven que quería huir. Es un hombre que encontró su propósito en el mismo lugar del que partió. Su viaje demuestra que, a veces, para avanzar, es necesario regresar, desenterrar el pasado y moldearlo con las manos para darle una nueva forma, una que pueda, por fin, ser compartida con todos.









